Santiago de Chuco, tierra llena de tradición, devoción, y gran riqueza cultural.
En la danza del Quishpi Cóndor hay un dios escondido
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Desde hace siglos nuestro país es saqueado de modo sistemático, ahora arrebatándole solapadamente sus profesionales y recursos humanos calificados para lo cual se valen los centros de poder de gobiernos cómplices o, por lo menos, obsecuentes.  En la colonia partían desde diversos puertos de nuestro litoral, convoyes de carabelas repletas de oro, plata y preciadas riquezas, que mantenían a cortes palaciegas, frívolas y hasta degeneradas, mientras aquí, a causa de ello, morían indiscriminadamente hombres, mujeres y niños, que sacrificaban su vida en los socavones a fin de extraer los metales preciosos que sustentaban la opulencia en los países europeos, con la consecuente miseria y atraso del ande, la costa y la selva del Perú.

Pero, además de esta rapiña, intentaron también quitarnos el alma, las emociones y los sentimientos; destruyendo, como política de estado, todo vestigio de creencias autóctonas, visiones propias del mundo y la voluntad de identificación que pudiera subsistir con relación a la tierra y su cultura. Lo intentaron, también organizada y sistemáticamente, pero ¡no lo pudieron! La danza folclórica del Quishpi Cóndor es una de las expresiones más valerosas y conmovedoras de la resistencia de un pueblo por defender su identidad, en este caso regional, porque esta danza monótona, triste y compungida, tiene como base y razón de ser que un dios tutelar de nuestra cosmovisión y religiosidad nativa y ancestral, le abre el camino —para ocultarlo, simultáneamente— a la deidad cristiana, adoptando asombrosamente la figura del cóndor, en este caso titubeante, desplumado y puesto en tierra, aparentemente ajeno a su naturaleza salvaje y bravía.

Vivencias de infancia

Para confrontar lo que luego expondré, quisiera remitirme a mi infancia. Recuerdo avergonzado que nunca hice caso del Quishpi Cóndor entre las mojigangas que desfilaban en la procesión del Apóstol Santiago, en mi pueblo, Santiago de Chuco, en el departamento de La Libertad, en la región andina del norte del Perú, cuna del poeta César Vallejo.

Incluso, entre todas las comparsas que desde tempranas horas del «Día del Alba» —24 de julio de cada año— desfilaban por la calle frente a mi casa, situada en el jirón Colón del barrio San Cristóbal, donde yo nací y viví, en la parte alta de Santiago de Chuco, no solamente no le presté atención sino que la desprecié.

En honor a la verdad, diré que era la danza que más desasosiego y extrañeza me causaba, primero porque era incomprensible, segundo porque no tenia la vistosidad ni la fuerza de los «Pallos» de Huayatán, la grandiosidad de «Los Canasteros» de Citabamba, la majestuosidad de «Los Turcos» de Chambuc, la soberbia de «Los Diablos» de Tulpo, la emoción de «Las Kiyayas» de Angasmarca, ni siquiera la gracia de la «Vaca Loca», que ostentaba a un torero con traje de luces y una vaca hecha de carrizo y forrada de tela o cartón, llevando al frente una osamenta de vaca o toro, con un hombre metido dentro del armatoste que arremetía con sus afilados cuernos haciendo correr al público circundante.

El Quishpi Cóndor no hacía nada, ni siquiera asustaba. Bajaba desde la parte alta de la cuenca del río Patarata, de aquellas tierras altas, frías y de jalca, tupidas de ichu, para hacerse presente en la Fiesta del Patrón Santiago. En ningún otro momento del año se lo veía. Otras mojigangas se hacían presentes en cualquier fecha. Esta no, lo que causaba estupor, además de su aspecto deplorable, incógnito y subrepticio. De allí que preguntaba:

—¿Qué representa el Quishpi Cóndor, papá?
—Es una danza ritual del antiguo Perú.
—Pero ¿qué significa, mamá?
—Es el lucero del alba —sentenciaba.

Esta afirmación era peor que no me dijera nada, porque nada más distinto y opuesto al lucero del alba, luminoso y espléndido, con la vestimenta y la apariencia de toda la comparsa.

Al final, no le hacíamos caso porque su aspecto y coreografía eran deslucidos y deplorables: un hombre con un traje de plumas polvorientas y ya gastadas y, encima de él, un cóndor disecado con su cabeza y pico largos y huesudos y cuyas alas estaban atadas a los brazos del danzante que simulaba intentar volar. Otro, su acompañante, hacía rodar una bola o un ovillo de lana que yo no alcanzaba a asimilar qué podría significar.

Igual me ocurrió la primera vez con la procesión del Corpus Cristi que un día pasó con toda solemnidad y boato cerca de mi casa, y yo casi me aloco porque era una procesión para nada ni nadie —según mi manera de entender las cosas en aquel entonces— puesto que no era para ningún santo, sino sólo para un espejo al que se le prodigaba adoración y respeto.

Pero, aún así, con ser aquella danza lamentable, abatida y pordiosera, sin embargo tenía mucho de misterio y desafío; porque, en primer, lugar procedía de las alturas; segundo, llegaba por su propia cuenta; tercero, venía sola; cuarto, ¿qué hacía el danzante? Nada. Saltaba sorteando la cuerda. Pero ¿qué significaba eso? Queríamos que hiciera algún número espectacular, por lo menos que se cayera e hiciera reír a la gente.

Pero allí iba con su monotonía. Avanzando con su canción entristecida por las calles. Debía haber una razón para que se haga presente en una fiesta, donde todo era lujo, boato y ostentación. Pero, ¿a qué venía? Las otras mojigangas sabíamos quiénes las contrataban, casi siempre, como una ofrenda al Patrón Santiago El Mayor. De esta no sabíamos nada. Más bien nos daba lástima y pena.
Eso sí, su tonada se clavaba en los tímpanos y penetraba en el alma. Tocada por uno o más cajeros, era lo que más nos conturbaba. La repetíamos inconscientemente todo el día, más en la calma, en el silencio y el retiro. Yo hasta la he tarareado en las calles de esta Lima virreynal, melancólico, añorando e identificado con mi pueblo de origen.

¡Pobre Quishpi Cóndor!, dejándose despreciar, causándonos conmiseración en aquellas fiestas displicentes y en aquellas calles empedradas de ostentación, porque todas las otras danzas las entendíamos, menos esta. Las otras eran vistosas, galanas y hasta regias; su esplendor se medía también por el número de sus integrantes, criterio que aplicábamos a los batallones del desfile y a las bandas de músicos que iban detrás del anda del Señor.

El Quishpi Cóndor apenas era el danzante de un lado, y el brujo del otro; este último haciendo rodar su ovillo. El primero saltaba, intentando volar. Pero, ¿cual era la razón para que esa ave grandiosa, cual es el cóndor, baile titubeante en la procesión? ¿humillada y maltrecha, con las plumas viejas y carcomidas?

Ahora, gracias a la investigación de Luis Flores Prado en su libro El Quishpi Cóndor, danza milenaria (Instituto del Libro y la Lectura del Perú, 2005) se nos revela que en ella hay un dios escondido; una divinidad emboscada, clandestina y antiquísima; que pasa de incógnita; pero que es un dios el que hay allí dentro. En el fondo creo que quizá somos nosotros mismos quienes nos escondemos tras él.

En él se esconde un dios

Siendo así, el Quishpi Cóndor es un subterfugio, un tesoro escondido, el retazo esencial del alma nuestra. Pero, ¿por qué el ovillo? O es un arma: la boleadora, o es el símbolo del mundo que rueda.
Esconder a un dios y que éste vaya detrás de otro dios como actitud cultural es espeluznante. Como gesto anímico es estremecedor. Que vaya triste, compungido y andrajoso es tremebundo. Más desconcertante aún, y peor, es que vaya bailando.

¡Qué manera ésta de persistir así nuestra cultura! Aunque sea en harapos; y de pervivir indestructible el alma indígena en este mundo de oprobio, aunque sea hecha trizas, danzando bajo la lluvia su sonsonete melancólico. ¡Grandiosa raigambre ésta que nos ofrece intacta su moral y su gracia!

Esta relación de superioridad vital y humana se refleja en la paradoja del encuentro de culturas que Claude Lévi Strauss lo advierte del siguiente modo en su libro Tristes Tropiques:

Mientras los blancos proclamaban que los indios eran bestias, los segundos se contentaban con sospechar que los primeros eran dioses. A ignorancia igual, el segundo procedimiento era más digno de hombres ciertamente.

Nos conecta entonces el Quishpi Cóndor con esa savia nutricia, con esa raíz prístina, con ese arroyo de aguas claras y ese rayo fulgurante, aunque aún retenido, que tiene intacto el mundo andino; danza que en su extensión tiene paralelismo con la cultura culle, con la lengua culle y con el culto al dios Catequil o Catequilla, cuyo asiento está en San José de Porcón en Santiago de Chuco.

¿Qué es el Quishpi Cóndor?

Ahora bien, sería bueno el intento de sondear en el origen del nombre de la danza del Quishpi Cóndor. He aquí algunos elementos: Quishpi en quechua es: «piedra que descompone los colores del arco iris». Es el sol hecho iris, transfigurado y embellecido por acción de la lluvia. Es connubio y acto de amor entre cielo y tierra.

La danza del Quishpi Cóndor se relaciona con el lucero del alba, con el arco iris, con el abrir de los caminos, con el enseñar al hijo a batir las alas para el vuelo. Se vincula con la lucha en el mundo, confrontación con los caminos de tierra y piedra, representados en la boleadora que porta uno de los danzantes, que es un arma indígena, piedra que utilizaban para enredar los pies, como ahora para abrir el camino.

Es el lucero del alba que antecede al dios sol. Quishpi es ser luminoso y translúcido. Padre de los indios caciques y príncipes; protector de los sembríos. Antiguamente se le adoraba ofrendándole polvo de concha de mullu.

El lucero es un dios tutelar, un guardián, un enviado; un ser de altura, superior, puesto allí para preservar el orden, la protección ante el acoso del mal. Es el paje del sol, su servidor y acompañante; quien lo anuncia, lo resguarda y le vela. Es su representante y mensajero.

En algún momento el sol se vale de él, se vuelca en él. Es su sustituto. Es la alborada andina, que es de fuego y viento, que está contenido en las alas del cóndor. Es la primera luz hacia el trabajo, la primera visión del día, el primer amor y el primer símbolo.

En el amanecer también encontramos la presencia de la brisa que es tenue, como un niño que está naciendo; soplido que acaricia las siembras en lo alto de un espacio y en lo profundo de una cañada; viento dormido en las plumas del cóndor que se aquieta al final de sus alas tendidas.

Por eso, qué ingrato que ahora, por lo menos en la danza del Quishpi Cóndor, todo esto sea ocultamiento ante una realidad cruel y despiadada; aunque implícita en su rito esté la idea de libertad, el ser intocado, la estrella que algún día renacerá.

En Santiago de Chuco se cuenta que Quishpi era el apellido de un cacique que ante el amor de una mujer se hizo cóndor. Ahora en la danza es posible que se oculte también, como la deidad antigua, milenaria y anterior al imperio de los incas, esa historia terrena de un amor imposible.

La danza remite al cóndor, a su vuelo circular. El personaje da vueltas, se alisa las plumas, salta en zigzag, bate sus alas. Lleva un cóndor disecado en la cabeza, pañuelos en las manos que sacude al aire para significar el viento.

Por qué es tótem el cóndor

El cóndor, mimetizado en la danza del Quishpi, es un símbolo del mundo andino, escogido y seleccionado por nuestra cultura; en este caso de la danza para ocultar en ella a un dios. Los antiguos peruanos no escogieron como alegoría que nos represente ni la paloma, ni el águila, ni el oso. Seleccionaron al cóndor; símbolo de grandeza, de fuerza y poderío.

¿Por qué? En primer lugar porque su vuelo es de altura, sidéreo y astral. Se eleva hacia regiones que ninguna otra ave llega, conoce las elipsis del viento, sigue los cauces y las corrientes que abre la tempestad. Es el más próximo a la eternidad.

Sus alas dan y recogen la energía de la gélida atmósfera, absorbe las partículas de calor y no las de frío que ella contiene. Vuela a ratos en círculos elípticos para alcanzar grandes alturas a las cuales no llegan otros seres vivientes, se lanza en plano inclinado por las quebradas en vuelo o caída vertiginosa. A veces, pliega sus alas y se deja caer en descenso vertical hasta recién abrir, a pocos metros de tierra, sus inmensas alas y posarse suavemente sin un solo ruido. Es aerodinámico en toda su contextura.

Es de todos los climas y de todos los aires: duerme en los andes, desayuna a la orilla del mar, almuerza en la amazonía y cena en la zona yunga antes de recogerse a dormir en los picachos nevados. Domina el mundo. No conoce fronteras geográficas, trasmonta todos los espacios: los bosques y los sembríos; las nieves, los mares, los desiertos.

Vive en las cordilleras escarpadas, cerca de las nieves eternas, en las rocas y en los farallones de pavor y de miedo, y los escoge por su altura y abruptuosidad. No comparte su hábitat. Es solitario como especie, austero y gélido, tiene alma de roca y de piedra, pero a la vez de cielo, como es el Perú.

La mirada del cóndor es vasta y profunda. Atalaya las cumbres, se eleva sobre otras miradas, abarca amplios horizontes y luego agudiza sus ojos en el lugar en que quiere fijarlos. Tiene amplitud y profundidad. Jamás el cóndor es domesticado. No comparte sus días al lado de otras aves. Es ser de altura, distante, orgulloso y soberbio. Su relación es fría y distante con las demás especies.

Mira melancólicamente las casas de los hombres que constituyen para él, por lo menos, un profundo misterio. Observa al hombre, a la mujer, al anciano y al niño desde su altura, quizá sin poder comprenderlo, pero se abstrae en ello silencioso y distante. Se ha acostumbrado a respetar a esos seres que ve celebrando fiestas o sumidos en los más grandes pesares.

Significado de la danza

Por eso, es curioso, conmueve y estremece tanto por el dios como por el cóndor que éstos se oculten en una danza. El primero mimetizado en el cóndor y el segundo ya no aéreo sino como un ser de tierra que acompaña en las procesiones a los santos cristianos; como en el caso de Santiago de Chuco al Apóstol Santiago. Y que va limpiando el camino con su «bola» u ovillo para que el anda de aquel pase al compás de los sones de la banda de músicos lisiados, deformes y gemebundos.

 

Qué contradicción es esta: el cóndor barriendo el sendero hecho de tierra y de polvo del dios doliente y pesaroso. ¿No hay aquí una estrategia cultural del mundo indígena? Por lo menos, se pone de manifiesto una sabiduría, una compasión, la de su dios ayudándole al otro dios sufrido y padecedor. Aquel dios feliz ayudando a encontrar su camino al representante cristiano que es una divinidad del dolor; sin dejarse engañar, aparentando ser ignaro, salvaje y sucio, esclavo a la vez, pero en el fondo ayudándole a alcanzar, al otro dios, a encontrar su camino, a resolver el problema de cómo afrontar el mundo y la vida.

La supervivencia del Quishpi Cóndor nos da un mensaje grande para el Perú actual, necesario para su esperanza y utopía. Cual es que perviven, están vigentes, apenas camufladas, pero translúcidas, nuestras raíces y más caras esencias. Es esta danza una expresión heroica de la resistencia cultural en la vía de nuestra liberación. Dentro de esta perspectiva, el hecho de que perviva es de por sí asombroso: una montaña que se hizo un piedra mimetizada en el camino, es a su vez el pedrusco o el terrón de polvo que puede convertirse en cualquier momento, y otra vez, en montaña.

Debemos reconocer no solo el heroísmo en los campos de batalla sino en nuestros hechos culturales, porque mantener vivo a un dios no es simple ni fácil. El Quishpi es la presencia de una fuerza ancestral para, por lo menos, no perder el hilo de nuestra identidad, pendiente de construirla y hacerla vigente aquí y ahora, heroísmo no protagónico sino oculto, de quien se mimetiza, se sumerge en un sueño, en una visión y adoración silenciosa.

El Quishpi Cóndor es lo que está más allá de lo que se ve, oculta y aparenta: el laberinto que esconde un tesoro; un conjuro, un sortilegio y una adivinanza. Vale por lo que representa. No es y sí es. Es el recipiente de una cosmogonía, de un cuerpo de creencias y de visiones del mundo y de la vida simbolizadas en un tótem, el cóndor.

Sentimos con él que deben de haber herencias, legados, puentes, que debemos tener raíces y estar fuertemente sujetos para mirar los abismos y ahí sostenernos y hasta extasiarnos. Admiremos el hondo legado y ancestro que él representa. Al final, en él está nuestra esperanza.

Danilo Sánchez Lihón
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