Santiago de Chuco, tierra llena de tradición, devoción, y gran riqueza cultural.
Fiestas patronales del mes de julio en Santiago de Chuco
Hacia el altar fulgente, La fiesta del mes de julio en mi tierra.

Entre inciensos, cirios y cantares”.
César Vallejo

“Al pasar me miró sonriente
y una estrella dejóme aquí dentro…
Todo obra del Apóstol bueno.”
Federico García Lorca

 

Los gitanos

El mes de julio al iniciarse se estremece cuando una tarde un tropel de chiquillos corre tras un camión destartalado que entra al pueblo resoplando y botando su última bocanada de humo:

– ¡Los gitanos!  ¡Llegan los gitanos! ¡Son los gitanos!, –es el bullicio de los chicos.

Eso basta para que las madres se griten de puerta en puerta y de ventana en ventana:

– ¡Encierren  a sus  hijos! ¡Ya vinieron los gitanos!

– ¿Y porqué tienen que encerrarnos, abuela?

– Porque los gitanos roban a los niños, los llevan ocultos en unos cajones a la costa, los embalan y los embarcan en el puerto de Salaverry.

– Y, ¿para qué?

– Para sacarles sus ojos y venderlos en el extranjero. Después que los matan venden su sebo a los gringos que como es fino sirve para que aceiten las máquinas de sus fábricas.

Falda floreada

Pero aún así, hay niños sin padres ni abuelos aburridos que los molesten, que todo el día están sentados en el terreno descampado que queda al pie del mercado, viendo a los gitanos solamente el espectáculo de vivir:

Fuman un cigarrillo que lo chupan desde el gitano más alto hasta el más chiquitito. Hablan hasta por los codos en una lengua extraña.

Clavan unas estacas y elevan una carpa desvencijada. Después hacen rodar unas alfombras de colores exóticos que extienden sobre la tierra humedecida y sobre las hierbas del descampado.

Y la gitana más vieja alza su blusa desvaída y da de mamar con sus senos escuálidos a un hijo ya grande.

¡Ah! Y la niña más linda del mundo, de 12 a 13 años, con su falda floreada que le cae desde su cintura de aguja hasta la punta de sus pies desnudos, pálida como la nieve y de ojos verde marinos, nos coge a los que de ocasión pasamos y nos da un pellizcón con la agresividad de una gata enjaulada.

Edicto

Julio también empieza cuando "La par y non", que así llamamos a la banda de músicos de mi pueblo, rechina por sobre los techos y salimos a ver lo que pasa.

Ahí está la pobre que para estas ocasiones se hace grande. La “Par y non” que así la decimos porque lo componen un número muy limitado de músicos que en la visión desalmada de la gente se ha reducido a tres: uno que toca el bombo, otro un clarinete y el tercero una trompeta estridente.

– ¡Bando público! ¡Bando público! –grita el tío Gilmer Vallejo, rojo por el cañazo que toma desde la madrugada. Y empieza:

– ¡El Cabildo Municipal...!

Sin embargo, el papel que lee y dobla en cuatro al principio está limpio e íntegro. Pero como le tiemblan las manos en cada esquina poco a poco se le va arrugando y rompiendo al punto que los niños tenemos que sostenerlo por partes para que los lea con sus ojos enrojecidos.

Mas, como de tanto repetirlo ya lo sabe de memoria solo mira los retazos que le mostramos para darle contundencia de ley al edicto decisivo:

Cayendo a jirones

– ¡El Cabildo Municipal encomienda al vecindario de Santiago de Chuco el pintado de sus fachadas por estar próximas las Fiestas Patronales dedicadas al Apóstol Santiago el Mayor...!

Entonces la exclamación en el interior de las casas es:

– ¡Ya llegó la fiesta!

– ¡Ya está en camino el Apóstol bendito!

Pero en realidad la fiesta se anuncia antes. Y es con el clarín de las cornetas de los escolares que fuera de hora ensayan para el desfile en los bosques de Santa Mónica o cerca al estadio de fútbol.

El sonido viene traspasando calles, corrales y muros de adobe; enredándose en las copas de los árboles; y después cayendo a jirones por toda la comarca.

Notificación que en la casa nos hace apurar la confección de uniformes, el cocido del sutache en las insignias, el bordado de ojales en los escarpines para los que tocamos en la Banda de Guerra. 

En vez de leones

A lo anterior se suma algo grandioso: la llegada del circo cuyos integrantes desde las afueras del pueblo hacen su ingreso con sus vestidos chillones, subidos en unos zancos que sobrepasa la altura de los techos.

Avanzan haciendo alharaca, aspavientos y asustando a los más chiquitos que en vez de salir a verlos pasar entran despavoridos a sus casas y desaparecen en los cuartos, escondiéndose miedosos y llorando bajo las camas.

En vez de leones o elefantes, son sus figuras estelares son:

Una cabra negra que salta.
Un perro chusco que ladra.
Y un pavo que se encrespa.

Ya en la función, el hombre que vende las entradas es el mismo que toca en la orquesta. Y es el mismo que salta en el escenario.

Imitar sus proezas

¡Pero lo que más nos conmueve a los niños es que la señora que se balancea en el trapecio esté casi desnuda en tanto frío serrano!, proeza por la cual la aplaudimos a rabiar.

Pero además, porque ella es la mamá de lo que hay en todos los circos del mundo: una niña linda como un sueño que se columpia, da de volantines y danza haciendo que nuestro corazón salte y estalle.

Haciendo ahora la cuenta, ese circo en realidad no era sino una sola familia, con sus animales domésticos y una carpa que debió ser sólo un poquito más grande que una sábana.

Pero como todo lo que ocurre en el reino de la infancia, fue para nosotros lo más grande y magnífico que pudiera haber sobre la faz de la tierra.

Y sus proezas tratábamos de imitar durante todo el año hasta su nuevo regreso.

Bailotean en el cielo

Pronto se inician las novenas a partir del 15 de julio con la Parada de Bandera. El 23 viene el Día del Alba con la tradicional Bajada del Apóstol.

El 24 es Día de Doces con Luminaria por la noche. ¡Y quema de castillos ya en la madrugada! Y el 25 es El Día Central, con Misa Solemne y procesión esta sí apoteósica.

Por la noche hay baile de disfraces, bombardas, buscapiques y elevación de globos que bailotean por el cielo anaranjado.

Nosotros, subidos en las escaleras en la oscuridad del patio, jugamos a reconocerlos:

– ¡Ese globo es una pava! ¡Vean!
– ¡Este que sube es un barrilete!
– ¡Esos son mellizos!
– Ese caerá por Urumaca,
– Ese, mira, ¡qué alto! Quizás llegue hasta la hacienda de Paybal. 

En la Alameda

Las calles para entonces están llenas de mercachifles que venden sombreros, ropa venida de Trujillo, ollas de aluminio, pañuelos y frazadas.

Toda la mercadería la muestran, subiendo desde el suelo hasta los toldos de colores estridentes que cuelgan sostenidos a las paredes.

Cerca del mercado las calles se llenan de vendedores de comida: caldo de cabeza, patasca, chuño de maíz y de papa.

En la Alameda sientan sus reales los charlatanes, los vendedores de sebos de culebra. Y otros peores lenguaraces, ventrílocuos que hacen hablar a los muñecos de dientes hasta el cuello.

Castillos de luces

Bajando por detrás de El Convento hay malabaristas que se introducen una espada a la barriga.

Hay quienes hacen cábala y juegan a los naipes. Hay los magos que soplan fuego por la boca.

Hay los encantadores de serpientes con maletas abiertas en donde se solean casi inmóviles iguanas y camaleones. Hay quienes venden a la gente ungüentos y pomadas para todos los males y aflicciones.

También se ubican allí los organilleros con monos, loros y otras alimañas que sacan suertes en papelitos de colores.

En la noche hay jolgorio en las tiendas, tómbolas y ruletas en la Alameda. Y en la Plaza de Armas retreta con quema de avellanas, torpedos, castillos de luces y bandas de músicos que tocan valses, huaynos y marineras.

Cantos del pueblo

La fiesta por supuesto es mucho más; y hasta es posible que sean otras cosas distintas a estas que pobremente describo.

Quizás procesiones con mojigangas, bailes y corridas de toros.

No lo podré contar, porque yo debo confesar avergonzado, y otra vez agradecerte padre, por haber estado conmigo por las calles desoladas y vacías en el momento en que se desarrollaban tales festejos que de niño no podía soportar.

Y he corrido o me has sacado papá, para librarme de esos miedos, espantos y sustos lacerantes, yendo a dar por las afueras del pueblo y tan a la distancia de esa algarabía como las bajadas a los ríos en los cantos del pueblo.

Se elevan al cielo

Porque era enorme el miedo que tenía a los cohetes, a los santos en sus tronos, a las mojigangas con sus disfraces, a los toros en sus ruedos.

Y tú, que eras tan severo con nosotros y que no soportabas un milímetro de yerros, qué pena tan inmensa he debido darte para que corras conmigo por las calles desiertas.

Y dando alaridos hasta por los atuendos de la gente o, vistas desde lejos, por las bombardas que se elevaban en el cielo.

Has debido suponer que algo muy grave me ocurría para no haberme corregido o castigado a tiempo.

Y haberte perdido así lo mejor de esas alegrías por salir a calmarme hacia los sitios apartados, dejando a mamá y hermanos solos en la plaza.

Vestida de fiesta

Y frotándome tú la espalda y sonriéndome a fin de serenarme me decías, pidiendo que me distrajera mirando otras cosas:

– Mira hijo, ¿ves esa avecilla? ¡Mira cómo corretea y salta!

– ¿Quieres mirar encima del muro? ¡A ver, yo te subo! Y ahora dime: ¿Que hay?

Tu ternura entonces me llenaba de sentimiento y abrazado a tu cuello empezaba a gemir ya no por lo otro y ajeno sino por ti y por mí.

Creo que para haberme consentido a tal punto, tajante y total como eras, sólo tenía que haber sido ante la angustia de la muerte vestida de fiesta que veías pintada en mis pupilas.

Danilo Sánchez Lihón
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